
-Este es el ùnico consuelo de los desgraciados, no nos lo quite; desde que los hombres nos abandonan, ¿quièn nos vengarà sino Dios?
-¿Quièn? ¡Nadie, Teresa absolutamente nadie! No es necesario que la desgracia sea vengada; es lo que ella desearìa, esta idea me sirve de consuelo, pero también es falsa. hay algo mejor: lo esencial es que el desgraciado sufra; su humillaciòn, sus dolores son una de las leyes de la Naturaleza, y su existencia, ùtil en plan general, como la de la prosperidad que lo aplasta.
Cuando sus inspiraciones secretas nos inclinan al mal, es que al mal le es necesario, es que ella lo anhela, es que lo exige.
Que no se asuste, pues, que no se detenga aquél cuya alma es llevada al mal; que lo cometa sin temor, en el momento en que sienta el impulso de hacerlo; sólo resistiendolo ultrajará a la Naturaleza. Pero dejemos a un lado la moral, puesto que todo lo que usted desea en la teología. Sepa pués, joven inocente, que la relogiòn que usted abraza, como no es más que la relación entre el hobre y Dios, el culto que la criatura desea rendir a su creador, se desvanece tan pronto como la existencia de ese creador se ha demostrado ser quimèrica.
Los primeros hombres, sutados ante los fenómenos que los golpeban, tuvieron que creer necesariamente que un ser sublime y desconocido para ellos había dirigido la marcha y la influencia de los acontecimientos; es propio de la debilidad soportar o temer a la fuerza; el espíritu del hombre, demasiado joven aún para buscar, para hallar en el seno de la Naturaleza las leyes del moviento, único resorte de todo el mecanismo que lo dejaba asombrado, creyó màs sencillo suponer que había un movil en la Naturaleza que considerara ésta como fuete motriz.
Admitió a ese ser supremo, se entregó a su culto y, desde estonces, cada nación creó los suyos de acuerdo con sus costumbres, conocimientos y clima; pronto hubo sobre la tierra tantas religiones como pueblos, tantos dioses como familias; sin embargo, bajo todos esos ìdolos era fácil reconocer al fantasma absurdo, primer fruto de la cegera humana.
Ahora, digame, Teresa: ¿El hecho de que muchos imbéciles desatinen sobre la errección de uan indigna quimiera y sobre la manera de servirla, significa que el hombre cuerdo deba renunciar a la felicidad cierta y presente de su vida? ¿Debe, como perro de Esopo, abandonar el hueso por la sombra y renunciar a sus placeres reales por vagas iluciones? No, Teresa, no, no hay Dios; La Naturaleza se basta ella misma , no tiene ninguna necesidad de creador.
Un dios supone una creaciòn, es decir, un instante en que no hubo nada, o bien un instante en que todo estaba en el caos. Si ambos estaods eran un mal, ¿por qué su Dios lo dejó subsistir? Si eran un bien, ¿por qué lo cambió? Pero si tod es bien ahora, a su Dios no le queda nada por hacer. Luego, si es inútil, ¿puede ser poderoso? Y, si no es poderoso, ¿puede ser Dios.
Examine usted unos instantes, con sangre fría, todas las cualidades riduculas y contradictorias con que los fabriacantes de esta execrable quimera se ven obligados a revestirla; comprueba cómo se destruyen, cómo se absorben mutuamente, y reconocerá que ese fantasma deífico, nacido del temor de unos y de la ignorancia de todos, no es más que una repugnante tontería que no merece de nosotros ni un instante de fe, ni un minuto de análisis; una lastimosa extravagancia que repugna al espìritu, que indigna al corazón y que debió salir de las tinieblas para regresar a ellas para siempre.
Que la esperanza y el temor de un mundo futuro, fruto de estas primeras mentiras, no la inquieten, Teresa; deje de querer fabricarnos frenos.
(Fragmento conversación entre Teresa y Corazón de Hierro, LIBRO: Justine POR: Marques De Sade)